¿Para qué disfrazar al mundo humano con una belleza que raras veces tiene?
Hay que desnudarlo, exhibirlo, denunciarlo con toda la fuerza de la inteligencia
hasta hacerlo sentir vergüenza de sí mismo.

COSME ÁLVAREZ

martes, noviembre 27, 2007

Élmer Mendoza: Premio Tusquets Editores

*más premios para escritores sinaloenses

La Guarida felicita calurosamente al escritor Élmer Mendoza por haber recibido en Guadalajara el III Premio Tusquets Editores de Novela, por su obra Quien quiere vivir para siempre, en el marco de la FIL de Guadalajara. El jurado estuvo integrado por Juan Marsé, en calidad de presidente; Almudena Grandes, Jorge Edwards, Avelino Rosero (ganador en 2006 de este premio), y Beatriz de Moura, directora general de Tusquets Editores.

Beatriz de Moura, como vocera de la editorial, indicó que el jurado valoró la rabiosa modernidad en el uso del lenguaje, en la estructura narrativa hermanada con los últimos lenguajes televisivos, y en el ritmo endiablado que, como la mejor novela clásica, no da tregua al lector hasta su desenlace.

Esta novela se publicará simultáneamente en México, España y Argentina, y se sitúa en Culiacán, Sinaloa, "pero trasciende totalmente al mundo a través del lenguaje". El III Premio Tusquets Editores de Novela consistió en una estatuilla diseñada por Joaquim Camps y la cantidad de 20 mil euros en concepto de anticipo de derechos de autor.

Élmer Mendoza nació en Culiacán, Sinaloa. Entre 1978 y 1995 publicó cinco volúmenes de cuentos y dos de crónicas; su primera novela fue Un asesino solitario, y su obra El amante de Janis Joplin obtuvo el Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares.

domingo, noviembre 18, 2007

Mario Bojórquez: el deseo postergado

COSME ÁLVAREZ

Hace apenas unos años me parecía prematuro emitir juicios respecto al trabajo de los escritores y poetas nacidos en Sinaloa entre 1950 y 1970. Aun cuando muchos de nosotros seguimos siendo un signo de interrogación dentro de la literatura mexicana, hay al menos tres narradores y tres poetas que, más allá del reconocimiento público que han alcanzado en el nivel nacional, poseen una obra consistente, en algunos casos madura, quizá todavía no admirable ni deslumbrante, pero que se inscribe en el dificultoso terreno de lo talentoso.

Tal vez por demasiado sabido, no fuera necesario mencionar los nombres de “La Santísima Trinidad de la narrativa sinaloense”, bautizados así durante la 6ª edición de la Feria del Libro de Los Mochis, pero habrá quizá algún despistado que no sepa de quiénes hablo. Me refiero, pues, a Elmer Mendoza, César López Cuadras y Juan José Rodríguez.

Los nombres de los tres poetas sinaloenses cuyo trabajo me parece relevante son sin duda menos conocidos en Sinaloa, desde que la poesía en el estado y tal vez en gran parte del país vive en un limbo preadamita de total desconocimiento. Así, los tres poetas a los que me refiero son Gilberto Cabanillas, Jesús Ramón Ibarra y Mario Bojórquez. Confirmo que esta declaración no es de ningún modo una verdad absoluta sino la expresión pública de un mero gusto personal.

Mario Bojórquez fue una voz en la naciente poesía de Los Mochis desde la publicación de Pájaros sueltos, su primer libro, que mereció el Premio Estatal de literatura 1989-1990 en Baja California Norte. La nombradía de Mario Bojórquez se confirmó con su tercer libro, Diván de Mouraria, que incluye uno de los poemas sin duda más bellos de la poesía escrita en Sinaloa durante todo el siglo xx; me refiero a “Casida del odio”. En aquel libro de octubre de 1999, pero que comenzó a escribir desde 1997, es decir, hace diez años, y en el que se conjugan el portugués y el español, Mario ya anunciaba, o mejor decir: prefiguraba, en otros dos poemas, el título y el tema de un volumen extraño, unitario, de palabra fuerte; hablo de los poemas “Casida de la postergación” y “Gacela del deseo postergado”, y del poemario El deseo postergado: libro sonoro, adolorido, irónico, amoroso, íntimo, por el cual Mario Bojórquez merecidamente recibió el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2007, y en el que, según me parece, recuperó y rebasó la voz del autor de Pájaros sueltos.

A diferencia de los narradores y poetas de la posmodernidad, quienes escapan del dolor antes que experimentarlo creadoramente, Mario Bojórquez reacciona en su nuevo libro contra la muerte y el dolor, después de haber descubierto que la vida cotidiana puede ser más mortal que la muerte, y que la muerte, cuando se realiza creadoramente, puede abrir el camino a la vida sin calificativos.

El deseo postergado exige una lectura atenta; sus temas se concentran en la lucha contra lo que podríamos llamar el flujo estancado, en el que ahora vamos a la deriva. El libro de Mario Bojórquez refleja nuestra época; no hay rebeldía pero tampoco es una rendición, como ocurre en el Ulises de James Joyce o en toda la obra de Samuel Beckett. En El deseo postergado hay más bien una asimilación creativa del entorno, y de una vida personal que comenzaba a ser devorada por la postergación de los actos que al final de cuentas configuran el vivir. Estamos ante un trabajo confesional y de autoanálisis, donde un tipo de existencia cesa tras la disección, en el que si bien el poeta no halla respuestas, las preguntas se detienen.

Durante los siglos xix y xx, desde los románticos hasta los modernistas, pero también en algunas de las vanguardias, la poesía fue tomada como un medio de salvación. Detrás de esta colocación idealizada de la poesía se presentaba una redención del sufrimiento, y en muchos casos una clase de compensación al terror de la vida. Fue un momento creativo en el que la poesía sustituyó a la vida, pues el hombre y no el poeta estaba incapacitado para soportar más dolor. Era, sigue siendo en algunos casos, una poesía de la duda, más aún, poesía del proceso de descomposición.

En El deseo postergado, el yo del poeta se ha prendido de la palabra dionisiaca; no sabe que el terreno donde crece el deseo es el mismo territorio donde crece el dolor; no lo sabe, lo descubre durante la escritura del libro. La historia que narra nos habla del héroe perdido que describe una historia perdida: la suya. Frustrado en el desamparo, como Jano, quien tenía dos caras mirando hacia ambos lados de su perfil, dios de las puertas, los comienzos y los finales, dios de los cambios y las transiciones, de los momentos en los que se traspasa el umbral que separa el pasado y el futuro, el poeta con rostro de Jano vaga por el laberinto de la existencia yerma, herida, en busca del lugar sagrado: el presente. Por entre la muchedumbre de la ciudad, donde es un ser dividido y anónimo, recorre su camino infértil, el poeta perdido entre la turba, el poeta rechazado, despreciado, humillado, el poeta que desciende a su condición de hombre y se siente extraviado, un instrumento de disección afanándose por reconstruir su alma. Escribe pero es inútil para el hombre; su escritura revela ruegos, sarcasmos desesperados; son los aullidos del hombre moderno agitándose en su jaula de acero, que camina por el asfalto como un fantasma, que cabalga sobre la piel de un animal muerto en busca de una salida, descubriendo que no hay salida.

Una pausa. El hombre está cansado. El proceso de la muerte opera en él, que tantea, patea, escupe, emborracha a las palabras para que sigan su juerga. Entonces, como por ensalmo, el hombre se reconcilia con el artista; aún no lo sabe, sólo es una noción de que el deseo vital había sido postergado. El hombre suelta sus viejos cuadernos, los arroja a la vida muerta que ya se desprende de su carne. Hay una luz en su horizonte, un zafiro o un glafiro que ilumina el camino. No se trata de todos los caminos; es por fin su camino, el camino del poeta reconciliado con el hombre, es el sendero donde hay luz para el deseo postergado. Las páginas aumentan y crecen porque la vida ha alcanzado su verdadera altura, porque el hombre y el poeta han recuperado su dimensión humana. Las palabras dicen, gritan, callan; las cualidades del habla, del grito y del silencio son nuevas. Hay un decir que habla de frente, que ya no se inclina en presencia de los hombres; un grito robusto, viril, y un silencio que pronuncia su verdad del otro lado del grito. No es el deseo postergado lo que encuentra, es la dimensión recuperada de sí mismo: este libro.

6ª Feria del Libro
Los Mochis, Sinaloa.
17 de noviembre de 2007.
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Leonel Rodríguez - Premio Clemencia Isaura 2008

La Luna en La Guarida

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